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Busqué la felicidad en mí, en vez del lexatín

Dejé tiradas las recetas del médico sobre la mesa del salón con una única intención: que las vieran. Quería que vieran que me habían recetado Lexatin.
Dos días y medio después las recetas seguían sobre la mesa, medio tapadas entre cartas del banco y un periódico deportivo. Con mucho cuidado y mirando de reojo para que nadie me viera, las recogí y con un imán las puse en primera fila del frigorífico, justo delante de la cerveza. -Seguro que ahí, mi marido o mi hijo no tendrán escapatoria, las verán con toda seguridad…
Ese mediodía, con las lentejas en los platos y los tres sentados en la mesa, nadie comentó nada sobre las dichosas recetas del Lexatín, nadie preguntó sobre lo que el médico me había dicho tres días antes, cuando fui buscando respuestas a mi invisibilidad…nadie preguntó nada. Y fue en ese preciso momento cuando, a la hora de comer, decidí que no las compraría. De repente supe que no necesitaba pastillas ni farmacias. Decidí que la respuesta estaba en mí. Y solo en mí.
Ese mediodía fue el último día de mi invisibilidad. Con mi cartera debajo el brazo bajé a la calle, pasé de largo de la farmacia y me fui derecha a la peluquería a darme ese tinte que mi corazón y mi pelo pedían a gritos. Pepi me dijo que me hacia las uñas y valiente, acepté. Y mientras me daban color en un rubio ceniza y un rojo pasión en las uñas, volví a ser yo.
Moraleja: Nunca pongas la llave de tu felicidad en el bolsillo de otra persona.


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