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Lo que el cuerpo grita cuando la boca calla

Todos los días lo mismo, las mismas malas rutinas. Tan mías, que cuando mi cuerpo comenzó a gritar, hice oídos sordos.
Las comidas se redujeron exclusivamente a comer a deshoras y compulsivamente, mezclando dulce con salado, todo ello aderezado con una alta dosis de estrés y de insatisfacción.
Comer se convirtió en una cortina de humo que escondía emociones que ni yo misma sabía que ocultaba.
Mi mal hábito se sumó a una inactividad que me llevó a postrarme en el sofá y a ir en coche a la vuelta de la esquina.
Mientras mi cuerpo gritaba, yo hacía oídos sordos, buscando excusas y culpables de mi situación.
Intenté curar mi sufrimiento con infusiones, pastillas y consultas que sabía de antemano no me llevarían a la cura, porque el dolor no era físico, ni la culpabilidad exclusiva estaba en los otros.
Me alejaba y quedaba fuera del problema, siendo protagonista de mi vida, me dejé a un lado y no me responsabilice de que YO también era parte.
Tan difícil y tan duro como ponerle nombre a lo que me llevo hasta allí, dejar de echarle la culpa a la piedra del camino y poner nombre a lo que me hacía daño.
Y así es como aprendí a no estancarme, ni abrazar las piedras del camino. Así es como aprendí a escuchar mi cuerpo cuando gritaba y poner nombre al dolor.

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